Sales de una comida familiar en la que otra vez te has callado lo que pensabas. En el coche, de camino a casa, te das cuenta de que llevas un rato con la mandíbula apretada y los hombros subidos. No has decidido ponerte así. Simplemente estás así. Si has llegado hasta aquí buscando dónde se sienten las emociones en el cuerpo, probablemente sea porque el tuyo lleva un tiempo mandándote señales que no sabes muy bien cómo leer.
El cuerpo se entera antes que tú
Casi nunca sentimos las cosas en orden. La emoción no espera a que la entiendas. Llega antes, y llega por el cuerpo: el estómago que se cierra la noche de antes de un examen o de una prueba médica, la opresión en el pecho un domingo por la tarde sin nada concreto a lo que agarrarte, el llanto que se te escapa con un anuncio de la tele justo la semana en que a todo el mundo le repetías que estabas bien.
Que por fuera digas que estás bien y por dentro haya otra cosa no significa que estés fallando en nada. Solo quiere decir que algo te afecta más de lo que reconoces, aunque todavía no sepas muy bien qué es.
Dónde se sienten las emociones en el cuerpo
No a todos nos pasa en el mismo sitio, pero hay zonas que se repiten mucho en consulta. A ver si reconoces la tuya:
- La garganta. El típico nudo. Te pasa cuando había algo que querías decir y te lo tragaste. Muchas veces es justo eso: cosas que no dijiste.
- El pecho. Es donde más se nota la ansiedad, y también la tristeza. Sientes presión, te cuesta coger aire, como si algo te apretara por dentro.
- El estómago. El miedo y los nervios se te ponen ahí. Ese «hoy no me entra nada» antes de algo que te importa casi nunca es del estómago: son los nervios.
- Los hombros y el cuello. Se te cargan cuando llevas demasiado encima. Si acabas el día con el cuello duro como una piedra, mira por ahí.
- La mandíbula. La aprietas cuando llevas mucho tiempo aguantándote. Si rechinas los dientes por la noche o te levantas con la cara tensa, es tu cuerpo que no descansa ni dormido.
Esa mandíbula no se puso tensa ayer. Lleva apretando desde mucho antes, probablemente desde una época en que aprendiste que era más seguro tragar que decir. Buena parte de lo que hago en consulta es acompañarte a volver a notar todo esto, que en algún momento dejaste de escuchar porque escucharlo dolía o porque nadie te enseñó a hacerlo.
Por qué el cuerpo guarda lo que callamos
De pequeños casi todos aprendemos a no sentir cuando no toca. «No llores», «no es para tanto», «no montes un espectáculo». Con el tiempo lo hacemos solos: tiramos para adelante, no molestamos, disimulamos. Y aguantar así funciona una temporada, hasta que deja de funcionar. Lo que no sacamos no se evapora; se queda dentro, y termina saliendo por donde puede: la espalda que se agarrota, las noches en vela, ese cansancio que no se arregla durmiendo más.
Si una emoción no puede salir hablando, acaba saliendo por el cuerpo. No para fastidiarte, sino porque no le diste otra salida. Muchas veces, detrás de una molestia que llevas meses arrastrando, hay algo que nunca te permitiste contar.
Qué puedes hacer la próxima vez
Cuando aparece una emoción que molesta, lo normal es querer quitársela de encima cuanto antes: coger el móvil, abrir la nevera, ponerse a hacer cosas, buscarle una explicación lógica para dejar de sentirla. No hay nada que reprocharse ahí; es lo que casi todos hacemos. El problema es que, a base de apartarla siempre, tu cuerpo aprende que eso que siente es una amenaza, y cada vez le cuesta más calmarse.
La tristeza suele avisar de algo que se perdió, el miedo de algo que hay que cuidar, la rabia de una raya que alguien te cruzó. No hace falta que lo resuelvas ahí mismo. La próxima vez que notes algo fuerte, en lugar de taparlo, prueba a parar treinta segundos y mirar hacia dentro:
- ¿En qué parte del cuerpo lo estoy notando ahora mismo?
- ¿Cómo es? ¿Un peso, un nudo, un hueco, calor?
- ¿Aguanta que respire ahí sin salir corriendo?
- Si esto que siento pudiera hablar, ¿de qué me estaría avisando?
Es probable que las primeras veces no notes gran cosa, o que te incomode. Es normal. No estás haciéndolo mal; estás empezando a hacer algo que a lo mejor llevabas años sin hacer.
Cómo lo trabajamos juntos
Llevo años trabajando desde el psicoanálisis, el existencialismo y la Gestalt, y en el fondo los tres me repiten lo mismo: la emoción y el cuerpo no son un fallo que arreglar, son información sobre cómo estás viviendo. En terapia no pretendo que dejes de sentir. Trabajamos para que puedas sentir sin que te desborde, y para ir poniéndole palabras a eso que hasta ahora solo aparecía como tensión, como insomnio o como un nudo que no se iba con nada.
Trabajo con personas adultas, en la consulta del barrio de Hortaleza y también online, según lo que te venga mejor. Si te pilla cerca, aquí tienes más sobre la terapia presencial como psicólogo en Hortaleza. Y si mientras leías esto has ido reconociendo cosas tuyas, no hace falta que las resuelvas hoy ni que sepas por dónde empezar: eso ya lo miramos juntos. Escríbeme cuando quieras por la página de contacto y hablamos.